‘Nuestros muertos’ es una obra necesaria, incómoda, serena y profundamente humana, que se adentra en una de las heridas más persistentes de la historia reciente de España para recordarnos que la violencia, venga de donde venga, siempre deja el mismo saldo: vidas rotas y una soledad devastadora.
La función, que se representará el 7 de febrero en La Rambleta, plantea una paradoja demoledora que funciona como auténtica lección histórica: los golpistas asesinaron al padre de la protagonista durante la Guerra Civil; y, décadas después, el terrorismo mató a su hijo en plena democracia. Entre ambos crímenes se extiende un país entero atravesado por el miedo, el silencio y la incapacidad de aprender de su propio pasado.
Una mirada entre el pasado y el presente
La obra, escrita y dirigida por Mariano Llorente, se articula a partir de un encuentro tan valiente como incómodo: una mujer octogenaria acepta entrevistarse con el preso de ETA arrepentido que asesinó a su hijo. El diálogo que se establece entre ambos alterna momentos de serenidad —e incluso el buen humor— con otros de una tensión y un dolor casi insoportables. No hay respuestas fáciles ni redenciones apresuradas; solo preguntas que pesan, silencios difíciles, revelaciones durísimas y una mirada honesta a los años en los que ETA causó más de 800 muertos, destrozó miles de familias y desangró a todo un país. La mirada que nos atraviesa es doble, por un lado, la mirada de quien accionó el detonador y, por otro, la de la madre que escucha.

Pero ‘Nuestros muertos’ no se limita a ese tiempo. La conversación va abriendo, de manera natural, una segunda herida: la represión franquista. Ochenta años atrás, una cuadrilla de falangistas asesinó al padre de la protagonista y dio inicio a una dictadura de casi cuarenta años que dejó más de cien mil desaparecidos en fosas repartidas por todo el territorio. Así, este diálogo hace convivir el coche bomba etarra con las pistolas del fascismo, no como una comparación banal, sino como parte de una misma tragedia: la de quien ha sufrido ambas violencias.
La importancia de no repetir la historia
Uno de los grandes aciertos del montaje es su puesta en escena. Aunque solo hay dos personajes, están interpretados por cuatro actores: el joven y el adulto de cada uno conviven simultáneamente sobre el escenario, creando un juego constante entre pasado y presente.
Esa marea nos va a llevar del instante preciso en que un hombre que fumaba un cigarro en un descanso del trabajo es despedazado por un coche bomba en 1989, al momento exacto en que un alcalde republicano recibe un tiro en la nuca y es arrojado a una fosa en 1936. Y entonces, la anciana, que era madre -sólo madre de un hijo brutalmente asesinado- deviene en niña de ocho años y se transforma en hija de un padre brutalmente asesinado. Esta superposición temporal no es solo un recurso estético, sino una poderosa metáfora: la historia nunca se va del todo, permanece con nosotros, dialoga con el presente y condiciona nuestras decisiones.
‘Nuestros muertos’ es, en última instancia, una invitación a reflexionar sobre las consecuencias de la violencia y la importancia de no repetir la historia.















