El Ayuntamiento de València ha iniciado este lunes la retirada de las flores de la Ofrenda a la Virgen de los Desamparados. Un gesto que marca el final simbólico de las Fallas 2026. También el cierre de uno de los actos más multitudinarios y emotivos del calendario festivo.
Durante dos jornadas intensas, los días 17 y 18 de marzo, la plaza de la Virgen se convirtió en un punto de encuentro constante. Todo esto combinando: devoción, tradición y emoción. Un total de 123.578 personas desfilaron ante la imagen de la patrona, conocida popularmente como la ‘Geperudeta’.
Todas las falleras, tanto adultas como infantiles, depositaron sus ramos frente a la imagen. A estos se sumaron cestas, canastillas y otras composiciones florales elaboradas por las comisiones. El resultado ha sido, durante varios días, un manto floral de gran tamaño que ha permanecido expuesto en la plaza junto a la basílica hasta el inicio de su retirada.
Una Ofrenda cada vez con más falleros
La participación ha crecido. Y de forma notable. Según el consistorio, la cifra global representa un incremento del 10% respecto a 2025, con 11.110 participantes más. Del total, 114.275 fueron falleros y falleras, 88.518 mayores y 25.757 infantiles, acompañados por 9.303 músicos que formaron parte de los desfiles.
Se trata de uno de los actos más esperados de las Fallas. También de los más simbólicos. La Ofrenda combina tradición, identidad y participación colectiva en torno a la figura de la patrona. Durante horas, las comisiones recorren las calles hasta llegar a la plaza, donde entregan sus ramos siguiendo un orden establecido.

El manto de la ‘Geperudeta’ ha estado compuesto este año principalmente por claveles rojos y blancos, con presencia también de amarillo. La colocación de las flores, realizada por los Vestidores de la Virgen, ha seguido el diseño creado para esta edición por la ilustradora y diseñadora gráfica valenciana Xenia Magraner.
Natural de Sollana y afincada en Vancouver, Magraner ha planteado una composición con un mensaje claro: pedir el cese de las violencias y reclamar la paz. Cada color ha tenido un significado concreto dentro del conjunto.

El rojo ha representado la sangre derivada de la violencia. El blanco, con el que se han formado una paloma y dos lirios, ha simbolizado la protección de la Virgen y la paz. El amarillo ha aludido a un camino de espinas, asociado al sufrimiento en contextos de violencia. Con este color se han dibujado esas espinas, sobre las que avanzan una madre y un hijo cogidos de la mano, en representación del pueblo y de las familias que resisten.
Con el inicio de la retirada de las flores, la imagen desaparece progresivamente. La plaza recupera su aspecto habitual. Termina la estampa más reconocible de estos días.















