¿Playa o montaña? Elegir destino para las vacaciones parece una cuestión de preferencias. Sin embargo, cada vez son más los estudios que sugieren que esta decisión también puede influir en la forma en que nuestro cerebro se recupera del estrés acumulado durante el año. La explicación no está tanto en el lugar elegido como en la capacidad de ese entorno para ayudarnos a desconectar de verdad.
Con motivo del Día Mundial del Cerebro, que se celebra el 22 de julio, los especialistas del Instituto de Rehabilitación Neurológica de Vithas (IRENEA), entidad integrada en el Instituto de Neurociencias Vithas, explican por qué esa desconexión resulta tan importante. Independientemente del tipo de trabajo que desempeñemos, el cerebro pasa buena parte del año sometido a una elevada exigencia cognitiva, física y emocional. Por ello, las vacaciones representan una oportunidad para abandonar ese estado de activación sostenida y favorecer sus procesos naturales de recuperación.
«La mayoría de las personas entiende las vacaciones como un descanso físico, pero el cerebro puede seguir trabajando a pleno rendimiento si continuamos pendientes del teléfono móvil, del correo electrónico o de las preocupaciones diarias. La verdadera recuperación comienza cuando conseguimos desconectar también a nivel mental», explica la Dra. Belén Moliner, directora médica de IRENEA.
El estrés deja huella en el cerebro
Según la experta en salud cerebral, cada vez existe más evidencia de que el estrés mantenido en el tiempo altera el funcionamiento de algunas de las principales estructuras cerebrales. «Entre las más afectadas se encuentran la corteza prefrontal, responsable de funciones como la atención, la planificación y la toma de decisiones, el hipocampo, esencial para la memoria y el aprendizaje, y la amígdala, implicada en la regulación emocional y en la respuesta frente a las amenazas», explica la Dra. Moliner.

A su vez, el Dr. Enrique Noé, neurólogo y director de Investigación de IRENEA, destaca que una de las grandes fortalezas del cerebro es su extraordinaria capacidad para adaptarse y reorganizarse continuamente gracias al fenómeno conocido como plasticidad cerebral.
«Aunque el estrés mantenido puede alterar temporalmente las conexiones entre neuronas, especialmente en áreas relacionadas con la memoria, la atención y la regulación emocional, esa misma capacidad de adaptación permite que el cerebro responda positivamente cuando reducimos el estrés, descansamos adecuadamente y favorecemos hábitos saludables. La clave no es únicamente cambiar de destino, sino conseguir una desconexión real que permita al cerebro activar sus mecanismos naturales de recuperación», señala.
Como consecuencia de una exposición prolongada al estrés, muchas personas experimentan dificultades para concentrarse, olvidos frecuentes, mayor irritabilidad, sensación de agotamiento mental o problemas para gestionar las emociones. «El cerebro humano está diseñado para alternar periodos de activación con otros de recuperación. Cuando ese equilibrio se rompe durante meses, las capacidades cognitivas pueden resentirse y aumenta la sensación de fatiga mental», añade el Dr. Noé.
¿Playa o montaña?
La respuesta, según los especialistas, no es tan sencilla. La evidencia científica no permite afirmar que un entorno sea mejor que otro para el cerebro. Lo que sí muestran los estudios publicados durante los últimos años es que el contacto con la naturaleza favorece la regulación del sistema nervioso y contribuye a disminuir la activación de los circuitos cerebrales relacionados con el estrés. Investigaciones realizadas mediante resonancia magnética funcional han demostrado, incluso, que caminar por espacios naturales reduce la actividad de la amígdala, una región estrechamente relacionada con la respuesta de alerta.
Por todo ello, según el Dr. Noé, la pregunta no debería ser qué destino es mejor, sino qué entorno nos permite desconectar de verdad. «Tanto la playa como la montaña pueden ser excelentes opciones si favorecen el descanso psicológico, disminuyen la sobrecarga de estímulos y nos invitan a movernos, dormir mejor y pasar tiempo en contacto con la naturaleza».
En este sentido, la montaña suele favorecer el paseo entre espacios verdes, el silencio y una mayor sensación de desconexión, mientras que la playa combina la exposición a espacios abiertos, el sonido repetitivo de las olas, el contacto con el agua y la actividad física suave, elementos que también se han relacionado con una reducción del estrés y una mejor regulación emocional.
«Las vacaciones representan una oportunidad para cuidar el cerebro, igual que cuidamos nuestra salud física. No se trata de hacer más cosas ni de aprovechar cada minuto, sino de permitir que el sistema nervioso abandone el estado de alerta continuo en el que vivimos durante buena parte del año. En muchas ocasiones, el mayor beneficio de las vacaciones no es el destino elegido, sino haber dado al cerebro el tiempo y el descanso que necesitaba para recuperarse», concluye la Dra. Moliner.













