Este fin de semana toca cumplir con uno de los rituales más antiguos y debatidos del otoño. En la madrugada del sábado 24 al domingo 25 de octubre, los relojes darán marcha atrás: a las 03:00 volverán a ser las 02:00 (una hora menos en Canarias). Con el cambio de hora, se nos otorga un domingo de 25 horas, decimos adiós al horario de verano para abrazar tardes más cortas y amaneceres más tempranos.
La costumbre de alterar los relojes dos veces al año nació en el siglo XX con un objetivo muy claro: aprovechar la luz solar y ahorrar carbón y electricidad. Sin embargo, en plena era de la iluminación LED y la eficiencia energética, este argumento ya no es tan sólido.
A esto se suma nuestra peculiar anomalía histórica, ya que geográficamente, España debería compartir el huso horario de Londres o Lisboa, pero en 1940 el gobierno franquista decidió adelantar los relojes para sincronizarse con Berlín. Aquel parche temporal se convirtió en crónico, obligándonos a vivir perpetuamente desacompasados con el sol.
El impacto en nuestro reloj biológico
Más allá de la política, nuestro cuerpo es el primero en quejarse. Alterar la rutina desencadena lo que los expertos denominan «jet lag social». Durante un plazo de tres a siete días, es habitual experimentar alteraciones del sueño, falta de concentración o fatiga. Desde la Sociedad Española de Sueño (SES) insisten en que este huso invernal es el único que respeta verdaderamente nuestros ritmos circadianos, ya que despertar con luz natural es clave para regular la melatonina y el cortisol.

El dilema de la jornada nocturna
Mientras la mayoría celebra poder dormir 60 minutos extra, la madrugada del domingo supone un quebradero de cabeza para quienes trabajan de noche. Al retrasarse el reloj, el turno se alarga una hora de forma automática. Dado que no existe una ley universal para este desfase, la solución queda en manos de los convenios colectivos.
En muchos sectores se compensa con la hora de menos que se trabaja en el cambio de primavera, mientras que en otros debe abonarse como hora extra o canjearse por descanso, tal y como marca el Estatuto de los Trabajadores.
La Comisión Europea intentó fulminar esta práctica en 2019, pero la falta de consenso entre los países miembros y el estallido de crisis sucesivas dejaron el proyecto a un lado. Por ahora, el Boletín Oficial del Estado (BOE) tiene fijado el calendario de cambios hasta este 2026.
A partir de ahí, el futuro de nuestros relojes es incierto. Mientras tanto, sectores como el comercio seguirán pidiendo luz eterna por las tardes, los médicos recetarán mañanas soleadas y nosotros volveremos a cambiar las manecillas del reloj.












