Hay noticias que una persona nunca está preparada para recibir. Maite Pérez ya conoce el impacto de escuchar la palabra cáncer. La primera vez tenía 35 años y estaba a punto de iniciar un proceso para quedarse embarazada. La segunda llegó después de años en los que había aprendido a convivir con el miedo, a seguir adelante y a pensar que aquella etapa había quedado atrás. Sin embargo, la enfermedad reapareció.
Hoy, Maite afronta una recaída de cáncer de mama con metástasis en los huesos y el pulmón. Su situación se encuentra estable y la metástasis está controlada, aunque cada revisión vuelve a ponerla frente a la incertidumbre. «Ayer me hicieron el último PET-TAC de revisión y estoy esperando los resultados con los nervios que acarrea estar esperando«, cuenta en una entrevista en ‘Valencia en Abierto’.
Su historia recuerda que superar un primer cáncer no siempre significa cerrar definitivamente esa puerta. A veces, después de años de tranquilidad, la enfermedad vuelve a irrumpir y obliga a empezar de nuevo, esta vez con otras circunstancias, otras preocupaciones y una vida que ha cambiado.

Un primer diagnóstico que lo cambió todo
Maite tenía 35 años cuando recibió el primer diagnóstico de cáncer de mama. En aquel momento, su cabeza estaba puesta en otro proyecto: quería quedarse embarazada. Entonces notó algo extraño en uno de sus pechos. No fue un bulto, sino un hundimiento en el lateral. «Fue un palo», recuerda. A partir de aquel momento comenzaron las pruebas, los tratamientos y una lucha en la que, explica, solo tenía ganas de seguir adelante.
Durante la quimioterapia y la radioterapia, la enfermedad se convierte en el centro de la vida. Hay que afrontar las citas médicas, los efectos secundarios y las decisiones que llegan casi sin tiempo para asimilar una noticia antes de recibir la siguiente. Maite recuerda que, durante esa etapa, estaba centrada en luchar contra el cáncer.
Lo difícil llegó también después. Cuando terminan los tratamientos y las revisiones empiezan a espaciarse, la vida recupera poco a poco su ritmo, pero la incertidumbre no desaparece por completo. «De repente te dicen: “Bueno, ahora las revisiones cada seis meses, cada año”», explica. Es entonces cuando aparece otro tipo de vértigo: el de esperar, el de preguntarse si todo seguirá bien y el de intentar recuperar la normalidad sin saber qué ocurrirá mañana.
El miedo a la recaída nunca desaparece del todo
Maite reconoce que el miedo a que el cáncer vuelva siempre está presente, aunque con el tiempo se aprende a convivir con él y a apartarlo de los pensamientos cotidianos. Durante años, consiguió dejarlo en un segundo plano mientras retomaba su vida.
Pero la recaída llegó cuando menos lo esperaba. «Yo no me lo esperaba. Yo no me lo esperaba», repite al recordar el momento en que descubrió que la enfermedad había reaparecido. Esta vez, además, su situación personal era distinta. Ya no era aquella mujer de 35 años que acababa de recibir el primer diagnóstico: ahora tenía hijos. «Yo tenía 35 años y muchas ganas de batallar todo. Ahora ha sido una recaída con hijos y ya tener a mis hijos al lado ha sido mucho más duro, mucho más duro», explica.
En sus palabras se percibe el peso de una preocupación que va más allá de la propia enfermedad. El miedo ya no afecta únicamente a quien recibe el diagnóstico, sino también a quienes forman parte de su vida. Ser madre añade preguntas, incertidumbres y la dificultad de afrontar el tratamiento mientras se intenta seguir estando presente para los hijos.
Una atención que debe ir más allá del tratamiento médico
La experiencia de Maite muestra que afrontar un cáncer de mama no consiste únicamente en recibir quimioterapia, radioterapia u otros tratamientos. La enfermedad repercute en el cuerpo, en el estado emocional y en la vida cotidiana. Por eso, insiste en la importancia de contar con una red de apoyo que atienda todas esas necesidades.
Actualmente, además de la atención oncológica, Maite realiza ejercicio, acude a una nutricionista, hace yoga y recibe acompañamiento terapéutico. Son recursos que, según explica, necesita para mantener su calidad de vida mientras afronta un tratamiento exigente.
«No solo tienes que centrarte en lo que es el tratamiento que te están dando, que es muy cañero, que es muy duro», señala. Los efectos pueden cambiar de un día para otro: hay jornadas en las que el cuerpo apenas responde y otras en las que recupera fuerzas. En ese proceso, disponer de ayuda puede marcar una diferencia importante.
También reclama que ese acompañamiento esté al alcance de todas las pacientes. «Habrá gente que no se lo podrá pagar», reflexiona al hablar de los recursos complementarios que necesita durante esta etapa. Su preocupación apunta a una realidad que no siempre se ve: además del tratamiento médico, algunas mujeres necesitan apoyo psicológico, nutricional y físico para afrontar la enfermedad.
La noticia de un diagnóstico o una recaída, subraya, requiere también sensibilidad y preparación por parte de los profesionales sanitarios. Recibir información médica es imprescindible, pero la manera de comunicarla y el acompañamiento posterior forman parte de las necesidades de quien tiene que afrontar la enfermedad.
Vivir pendiente de una revisión y aprender a seguir adelante
Actualmente, Maite espera los resultados de una nueva prueba de control. La metástasis está controlada y su situación es estable, pero eso no elimina los nervios de la espera ni la incertidumbre que acompaña a cada revisión. Su historia habla de una realidad compleja: el cáncer de mama puede dejar una huella que permanece incluso cuando los tratamientos han terminado. Y cuando la enfermedad reaparece, la paciente tiene que volver a enfrentarse a preguntas que creía haber dejado atrás.
Por eso, además de avanzar en la investigación y mejorar los tratamientos, resulta fundamental acompañar a quienes conviven con el cáncer y garantizar que puedan recibir apoyo durante todo el proceso.
Maite sigue mirando hacia delante, consciente de la dureza de lo que está viviendo, pero también de la importancia de contar con profesionales que la acompañen. Al despedirse, deja un mensaje de confianza en quienes la están tratando: «Tenemos aquí unos profesionales maravillosos que hay que cuidar mucho».
Y mientras espera los próximos resultados, continúa centrada en el día a día. Porque, después de un primer diagnóstico y una recaída, seguir adelante no significa dejar de tener miedo. A veces significa aprender a vivir con él sin permitir que ocupe todo el espacio.













