Había ilusión en las calles de Valencia. Era lunes, 3 de julio de 2006, y la ciudad ultimaba los preparativos para uno de los acontecimientos más importantes de su historia reciente: la celebración del V Encuentro Mundial de las Familias y la inminente llegada del papa Benedicto XVI, prevista apenas cinco días después del accidente de metro más mortífero de la historia de España.
Las plazas del centro ya lucían engalanadas, los operarios trabajaban contrarreloj instalando el escenario, tribunas y elementos decorativos en la Ciudad de las Artes, mientras miles de voluntarios ultimaban la organización de un evento que situaría a Valencia en el foco internacional. Hoteles completos, peregrinos llegados desde decenas de países y un ambiente de expectación marcaban el inicio de aquel mes de julio.
Nada hacía presagiar que, en cuestión de segundos, toda esa ilusión quedaría sepultada bajo el silencio de un túnel de Metrovalencia. A las 13:03 horas, un convoy de la Línea 1 que acababa de abandonar la estación de Plaza de España con destino a Torrent descarriló en la pronunciada curva de acceso a la estación de Jesús. El accidente provocó el vuelco de varios vagones y desencadenó el mayor siniestro ocurrido jamás en el metro español.
El balance definitivo fue devastador: 43 personas fallecidas y 47 heridas, muchas de ellas de gravedad. Valencia pasó, en apenas unos minutos, de preparar una gran celebración internacional a vivir una jornada de luto que permanece grabada en la memoria colectiva veinte años después.
Un verano que debía ser histórico para Valencia
La visita del pontífice alemán suponía un enorme reto organizativo para la ciudad. Durante meses se habían acondicionado espacios públicos, preparado dispositivos especiales de seguridad y diseñado una agenda que convertiría a Valencia en el centro del catolicismo mundial durante varios días, algo muy similar a lo que se vivía hace apenas un mes en Madrid, Barcelona y Canarias con la primera visita de León XIV.

El Encuentro Mundial de las Familias iba a reunir a cientos de miles de personas procedentes de numerosos países. La llegada de Benedicto XVI era considerada el gran acontecimiento del año y los preparativos ocupaban buena parte de la actualidad informativa.
Sin embargo, aquel lunes el foco cambió radicalmente. Las sirenas comenzaron a escucharse poco después de la una del mediodía. Ambulancias, bomberos, Policía Local, Policía Nacional y sanitarios se dirigían hacia la estación de Jesús sin que, en un primer momento, nadie fuera plenamente consciente de la magnitud de lo ocurrido. Las primeras noticias hablaban de un accidente en el metro desconociéndose si podría tratarse de un atentado, hecho que se desmintió rápidamente.
Las 13:03 horas: el minuto que paralizó la ciudad
El convoy UTA 3736 había iniciado su recorrido a las 12:14 horas desde Llíria poniendo rumbo al municipio de Torrent. Lo conducía Joaquín Pardo, empleado de Metrovalencia que había iniciado su jornada laboral a las 04:58 horas. El tren entró en la estación de Plaza de España donde se cruzó con otro convoy. A las 13:01 horas comenzó el que sería su último recorrido con alrededor de 150 pasajeros.
El metro giró sin problemas la primera curva que hay entre Plaza de España y Jesús, un recorrido que no alcanza el kilómetro de distancia. Fue en la recta de 400 metros cuando el convoy duplicó su velocidad pasando de los 40 km/h a los 80 km/h.

Cuando afrontó la curva de entrada a la estación de Jesús, el primer coche perdió la estabilidad. El tren descarriló violentamente y uno de los vagones se arrastró alrededor de 40 metros contra el muro lateral izquierdo. Una vez el convoy no pudo continuar apoyado sobre la pared, volcó arrastrándose unos 125 metros y se detuvo a 35 metros de la estación de Jesús.
El impacto fue de enorme violencia. Cristales rotos, estructuras deformadas y pasajeros atrapados compusieron una escena caótica en un espacio reducido y de difícil acceso. Muchos viajeros salieron despedidos por la fuerza del vuelco, mientras otros permanecieron atrapados en el interior de los vagones.
El primer aviso al Centro de Coordinación de Emergencias llegó desde uno de los propios pasajeros mediante un teléfono móvil. En pocos minutos comenzaron a recibirse numerosas llamadas más alertando de un grave accidente en el suburbano valenciano.

Bomberos, sanitarios, Protección Civil y cuerpos policiales se desplazaron hasta la zona. En el exterior, junto a la estación de Jesús, se instalaron dos hospitales de campaña para clasificar y atender a los heridos antes de proceder a su traslado a distintos centros hospitalarios de Valencia. Mientras tanto, dentro del túnel comenzaba una carrera contrarreloj para rescatar a los supervivientes y recuperar a las víctimas mortales.
Las primeras horas: de la incertidumbre a la confirmación de la tragedia
Durante los primeros minutos reinó la confusión. Las emisoras de radio comenzaron a interrumpir su programación habitual con informaciones todavía muy fragmentarias. Inicialmente se habló de un convoy volcado y de decenas de personas atrapadas, mientras se intentaba averiguar qué había sucedido exactamente en el interior del túnel.
No fue hasta alrededor de las 14:30 horas cuando empezaron a confirmarse oficialmente las primeras víctimas mortales. Los accesos a la estación quedaron completamente acordonados y la avenida fue ocupada por ambulancias, vehículos policiales y equipos de emergencia que trabajaban sin descanso. Conforme avanzaban las labores de rescate, el número de fallecidos no dejaba de aumentar.
A las 14:32 horas ya se hablaba de al menos diez víctimas mortales. Apenas unos minutos después, la Generalitat elevó la cifra provisional por encima de la treintena, mientras los heridos continuaban siendo evacuados a distintos hospitales de la ciudad.
Las imágenes comenzaron a recorrer España. Familiares llegaban desesperados a las inmediaciones de la estación, otros recorrían hospitales buscando información y cientos de valencianos permanecían pendientes de la radio y la televisión intentando conocer la identidad de las víctimas.
De la celebración al duelo
A medida que avanzaba la tarde del 3 de julio, Valencia fue tomando conciencia de la dimensión de la tragedia. Los hospitales La Fe, Clínico, General, Doctor Peset, Arnau de Vilanova y otros centros sanitarios comenzaron a recibir de manera escalonada a los heridos. Muchos presentaban traumatismos de diversa consideración, mientras los equipos médicos se enfrentaban a una situación de máxima presión.
Al mismo tiempo, familiares y amigos recorrían hospitales y dependencias habilitadas para obtener noticias de sus seres queridos. Las listas de heridos y fallecidos se actualizaban continuamente conforme avanzaban las tareas de identificación.
En las inmediaciones de la estación de Jesús el trabajo de los equipos de emergencia se prolongó durante horas. Bomberos, sanitarios, policías y personal de Metrovalencia trabajaban en un espacio reducido y de difícil acceso para rescatar a los pasajeros que permanecían atrapados en el interior del convoy.

El balance definitivo confirmó la magnitud del desastre: 41 personas perdieron la vida y otras 47 resultaron heridas, convirtiendo el siniestro en el accidente de metro con mayor número de víctimas mortales registrado hasta entonces en España. En los días posteriores otras dos pasajeras heridas fallecieron, elevando la cifra final de decesos a 43 personas, entre ellos, el conductor y la interventora quienes habían perdido la vida en el mismo túnel.
Benedicto XVI llega a una Valencia marcada por el dolor
El accidente se produjo cuando faltaban apenas cinco días para la llegada de Benedicto XVI, que debía presidir los actos centrales del V Encuentro Mundial de las Familias.
Durante esas jornadas, Valencia vivió una situación inédita. Los preparativos del evento religioso continuaron porque la agenda internacional hacía imposible modificar la visita, pero el ambiente había cambiado completamente. Los símbolos festivos convivían con las banderas a media asta y con el duelo oficial decretado por las instituciones.
La tragedia estuvo muy presente durante la estancia del Pontífice. El 8 de julio, después de aterrizar en Valencia, Benedicto XVI trasladó públicamente su cercanía a las familias de las víctimas. El Papa se desplazó hasta la estación de Jesús, donde guardó unos minutos de oración en memoria de los fallecidos y saludó al entonces príncipe de Asturias, Felipe de Borbón, en el exterior de la estación.

Poco después, Benedicto XVI recibiría a los familiares de los fallecidos en la Basílica de la Virgen. Aquel gesto fue seguido por miles de personas y simbolizó el recuerdo hacia unas víctimas cuya ausencia seguía muy presente en la ciudad apenas unos días después del accidente.
Veinte años después, una fecha imborrable para Valencia
Dos décadas han pasado desde aquella calurosa mañana de julio de 2006, pero el 3 de julio continúa ocupando un lugar especial en la memoria colectiva de los valencianos. Cada aniversario vuelve a recordar el instante en que una jornada aparentemente normal terminó convirtiéndose en una tragedia sin precedentes.
El accidente también marcó un antes y un después para Metrovalencia. Con el paso de los años se han renovado infraestructuras, reforzado protocolos de seguridad e incorporado nuevos sistemas tecnológicos destinados a minimizar el riesgo de que una tragedia semejante vuelva a repetirse.
Sin embargo, más allá de las mejoras técnicas, permanece el recuerdo de quienes no regresaron a casa aquel lunes de verano. Para muchos valencianos, el 3 de julio de 2006 sigue siendo uno de esos días en los que todos recuerdan dónde estaban cuando recibieron la noticia.















