El verano agrava la soledad de los mayores: 130.000 valencianos pasarán las vacaciones solos
Un jubilado camina por la ciudad. / LUIS TEJIDO (EFE)

El inicio de las vacaciones de verano vuelve a poner el foco sobre una realidad que cada año gana protagonismo en la Comunitat Valenciana: la soledad de las personas mayores. Mientras miles de familias salen de viaje durante julio y agosto, muchas personas de edad avanzada permanecen solas en sus viviendas, con menos visitas, barrios más vacíos y una menor actividad social.

La soledad no deseada no es un fenómeno exclusivo del verano, pero durante estos meses sus efectos pueden hacerse más evidentes. La marcha temporal de familiares, el descenso de la actividad en numerosos municipios y las altas temperaturas convierten este periodo en uno de los momentos más delicados para quienes viven solos.

Según el Observatorio Valenciano de la Soledad No Deseada, cerca de 130.000 personas mayores sufren situaciones de soledad en la Comunitat Valenciana. Se trata de una realidad que refleja el progresivo envejecimiento de la población y el aumento de los hogares unipersonales entre las personas de mayor edad, una tendencia que también se observa en el conjunto de España.

En todo el país, más de dos millones de personas mayores de 65 años residen solas. Paralelamente, la esperanza de vida continúa aumentando, actualmente situada en una media de 83,9 años, estando entre las más elevadas del mundo, un escenario que está transformando la manera de entender el envejecimiento y los cuidados.

Así es el fenómeno ‘aging in place’

Cada vez son más las personas que desean permanecer en su domicilio el mayor tiempo posible, manteniendo su independencia y su rutina diaria, un modelo conocido como «aging in place». La Comunitat Valenciana figura entre los territorios donde este fenómeno está creciendo con mayor intensidad.

El envejecimiento demográfico y la elevada presencia de población sénior hacen que aumente el número de personas mayores que viven solas. Esta evolución plantea nuevos retos tanto para las administraciones como para las propias familias, que buscan fórmulas para garantizar la autonomía de sus mayores sin que ello implique situaciones de aislamiento.

El verano intensifica esa preocupación. Las vacaciones modifican las rutinas familiares y reducen la frecuencia de las visitas, mientras que muchas personas mayores prefieren permanecer en sus hogares o mantener sus propios planes estivales. La consecuencia es que la distancia física entre familiares puede aumentar precisamente durante una época especialmente sensible por las olas de calor y otros riesgos asociados a la edad.

Menos actividad durante el verano

A esta realidad se suma otro factor que distintos especialistas en envejecimiento llevan años señalando: la reducción de actividades y recursos dirigidos a las personas mayores durante los meses estivales.

En agosto es habitual que numerosos municipios suspendan temporalmente parte de la programación de centros de mayores, talleres, actividades físicas o espacios de encuentro. Aunque estas medidas responden, en muchos casos, a la disminución de la actividad propia del verano, su interrupción supone también la desaparición de lugares donde muchas personas mayores socializan, realizan ejercicio y mantienen rutinas que contribuyen a combatir el aislamiento.

La reducción de estos apoyos coincide, además, con un momento en el que las familias también reorganizan sus vacaciones y, en algunos casos, disponen de menos tiempo para acompañar a sus familiares de mayor edad. El resultado es que muchas personas mayores pasan más horas solas y cuentan con menos oportunidades para relacionarse con otras personas.

El calor, un factor determinante en la vida de los mayores 

A ello se añade el impacto de las altas temperaturas. Las personas mayores constituyen uno de los colectivos más vulnerables durante los episodios de calor extremo, especialmente cuando viven solas o presentan algún grado de dependencia. Mantener el contacto con familiares, vecinos o servicios de apoyo resulta especialmente importante durante estas semanas.

Más allá del verano, el fenómeno responde a una transformación social de largo recorrido. El incremento de la esperanza de vida y el crecimiento de los hogares unipersonales obligan a replantear las políticas de cuidados y los recursos destinados a favorecer un envejecimiento activo.

Las previsiones demográficas apuntan, además, a que el número de personas mayores que viven solas continuará aumentando en los próximos años. En este contexto, administraciones, entidades sociales y familias afrontan el reto de adaptar los sistemas de apoyo a una población cada vez más envejecida, con el objetivo de que la autonomía no termine convirtiéndose en aislamiento.