El caso de Maricarmen ha dejado en enaguas no solo a las instituciones, incapaces de responder ante los problemas de un pueblo que languidece, sea cual sea el motivo, sino también a la derecha mediática y política. El desalojo de una anciana de 87 años de la vivienda en la que ha residido durante 70 años, por los intereses económicos de un fondo buitre, ha dejado a la derecha española noqueada, incapaz de diferenciar ciertos casos de okupaciones desproporcionadas de un drama humano sometido a los intereses de quienes más tienen.

Es cierto que los argumentos jurídicos son de peso, ya que el arrendatario era su padre y, al morir este, el contrato pasó a nombre de su madre; por tanto, ella no era ni podía ser arrendataria. Además, según dicen, ha renunciado incluso a las alternativas que le ofrecieron desde los servicios sociales. Aunque ¿quién puede cuestionar eso sin ponerse en la piel de alguien que va a perder toda su vida? También los hay que pueden pensar, lógicamente, que la usura es pecado, pero que ocupar lo ajeno sin justo título también lo es, y que, si porque se concentren 400 o 4.000 personas tuviéramos que cambiar las reglas de este país, Puigdemont o Ábalos serían presidentes del Gobierno.

No obstante, como en este caso, se nos acostumbra a diferenciar entre lo justo y lo injusto, entendiendo la justicia como equidad, mediante un juridicismo voraz que acaba con cualquier rastro de humanidad y de perspectiva cristiana. Los poderes públicos persisten subyugados a un statu quo que no pone en valor a la persona, sino que la coloca en la diana de los poderosos y de los populismos polarizantes. Nos hemos habituado a que la pregunta sea qué es lícito y qué no lo es, y no qué es moral o inmoral. Que una persona pague menos alquiler que otra en la misma zona por razón de edad puede ser injusto, pero ¿no lo sería más abandonarla a su suerte, privándola de su hogar? ¿Y hacerlo en beneficio de los intereses de fondos de inversión? Equilibrar la balanza socioeconómica no es justificación para cometer atrocidades sociales que rompen con el humanismo cristiano que, antaño, fue el faro de esperanza de esta nación entre la penumbra guerracivilista.

Esta sociedad política vacía ha permitido que la persona deje de ser la prioridad de toda acción pública para convertirse en un mero instrumento político reutilizable cada cuatro años, con el permiso de otras citas electorales intermedias, según por dónde vayan los intereses. El ser humano, lejos de la visión renacentista, pasa de ser el centro de todo a convertirse en un mero peón del orden establecido, de aquello que no se puede cuestionar, se llame woke o se llame Estado, para algunos totalitarios. Lo que carcome el sistema es este individualismo egoísta y burgués que domina una sociedad líquida, utilitarista y compadecida de sí misma.

Así pues, con el permiso de una derecha anestesiada y sin voluntad de ser siquiera la cuarta parte de lo que fue, la izquierda se lleva su bandera. Lo hace en pos de una vivienda digna, pese a que no ofrece soluciones cuando gobierna, escudándose en un burdo y repetitivo mensaje de que viene la ultraderecha, como si no hacer nada fuese menos ultraderechista. La izquierda lleva ocho años gobernando en España: ha tenido tiempo de sobra para hacer leyes, construir viviendas o adoptar las medidas que considere que podrían ayudar a esta mujer y a cuantos, como ella, estén en la misma situación. Resulta indignante que miembros del Gobierno se manifiesten contra las consecuencias de sus propias políticas… Y la derecha, como siempre, a por uvas, sin respuesta ante un drama humano al que, por su propio ADN cristiano, le corresponde responder.

Una derecha que defiende el orden económico incluso cuando este entra en conflicto con la protección del vulnerable puede seguir llamándose derecha, pero ha renunciado a ser una derecha social cristiana. El neoliberalismo desmedido no solo hace tambalearse los cimientos democristianos de la derecha española —solo a unos pocos académicos puede interesarnos eso ya—, sino que deja a personas sin hogar, a mujeres sin protección y a ancianos sin su historia.