morales
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El Comandante nunca se rinde. Se lo impide su ADN y los códigos que maneja y le definen como futbolista profesional. La suya fue una ascensión gradual desde los escalafones más ínfimos de la disciplina del balompié en dirección hacia el Olimpo de los Dioses. Demasiadas dificultades que vencer, demasiadas complicaciones que derrocar, demasiadas heridas que cicatrizar como para no dejarse la piel en un partido oficial adscrito a la Copa del Rey. El Comandante nunca se deja intimidar. Es una consigna que maneja. Nada es imposible. Es una especia de mantra que marca su hoja de ruta vital. Morales saltó al verde del Ciutat de València sobrepasada la segunda parte de la cita copera que reunía al Levante y al Girona. Emergió desde el banquillo con ánimo y con determinación para rescatar a la escuadra azulgrana. El enfrentamiento transitaba por la inquietud tras la diana conquistada por Mojica. La figura del Comandante se materializó por el carril diestro del ataque local para enfrentarse a Iraizoz. Su zancada era poderosa. Su mente analizó con detalle la situación. Morales armó la pierna para batir al meta vasco y finiquitar un encuentro arenoso que nació desde la contradicción tras las bajas forzosas de Róber Pier y Doukouré minutos antes del arranque de la confrontación.

El calentamiento fue letal y maldito por sus consecuencias sobre la evolución del enfrentamiento. Muniz tuvo que reinventar la sala de máquinas para alistar a El Hacen y Campaña. El preparador alteró el guion por causa mayor. El mediocentro mauritano, habitual en las alineaciones de Paco López en el filial, fue una de las noticias más esperanzadoras de la noche. La dimensión del salto que supone alcanzar la elite, desde las catacumbas de la Tercera División, no fue visible hasta mediada la segunda fase de la confrontación cuando las fuerzas definitivamente le abandonaron. Antes se manifestó con arrojo y con atrevimiento. Mientras su ánimo estuvo incorrupto equilibró el juego del Levante en la medular. El Hacen no se dejó coaccionar por la impronta de la cita. Ni por el ascendente del encuentro. Ni por saltar al coliseo de Orriols para estrenar su expediente en competición oficial. Su principal virtud fue hacer de la sencillez y de la naturalidad una forma de entender el fútbol.

Su interpretación fue convincente con el cuero en los pies. Su capacidad de asociación resultó manifiesta. Muñiz agitó el banquillo en un intento por repartir minutos y estimular la autoestima de aquellos jugadores con menos protagonismo en la secuencia liguera. Langerak resguardó el arco levantinista en su estreno con la camiseta granota. No fue la única alteración. El paisaje respecto al duelo del fin de semana ante el Atlético de Madrid cambió de forma radical. El Levante tuvo que dar dos pasos al frente tras regresar del vestuario. Mojica había hecho saltar las alarmas con una diana inquietante. El principio de incertidumbre se instaló sobre el feudo azulgrana, si bien la ventaja local seguía intacta merced a los goles de Boaten y Doukouré en tierras catalanas. El Levante mutó su semblante en capítulo definitivo. Sus constantes vitales aumentaron y su mirada se afiló. La escuadra azulgrana comenzó a cercar la portería defendida por Iraizoz. La aparición de Morales fue determinante para alcanzar los octavos de Final de la Copa del Rey.