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Quizás hubo varias confrontaciones en el Ciutat durante los noventa minutos reglamentarios del encuentro que cruzó al Levante y al Real Betis. Hubo un Levante que fue capaz de discutirle la dirección del partido a su oponente y que inclusive se plantó en las inmediaciones de la portería defendida por Adán destilando peligrosidad. Hubo sobre el verde un Levante aplicado y tupido en tareas defensivas, intenso y esmerado en la línea de medios y animoso y decidido cuando el balón rondaba las cercanías del área verdiblanca. Ese Levante logró anestesiar a un Betis sobón, que manejó la posesión del esférico, pero que se quedó a una distancia sideral de los dominios resguardados por Oier. El Betis se caracterizó, en esa fase del duelo, por una tenencia absoluta del cuero, pero esa aplastante posesión no conjugó ni con la verticalidad, ni con la profundidad. El Betis era un equipo estético en sus manifestaciones, pero con tendencia hacia el barroco en su forma de expresión. Quizás la desdicha radique en que esa versión más libre y contundente del Levante quedó difuminada en el nacimiento de la reanudación. El gol en propia puerta de Chema estableció una perceptible frontera. La diana marcó la evolución y el desarrollo posterior del enfrentamiento.

El espíritu del Levante quedó maltrecho. Parece incuestionable que hubo un antes y un después detrás de esa acción de raíz fortuita. Oeir tiró de reflejos. El zaguero en su cruzada por desactivar el peligro alojó la pelota en el fondo de la red. Fue un golpe certero y mortal directo al corazón de los jugadores azulgranas. No hay dos partidos con similitudes, pero la noche estrellada en el Ciutat de València recordó los hechos acaecido en el feudo del Benito Villamarín en el amanecer de la competición liguera. Quizás fuera una premonición. El Levante meritorio y digno del primer acto en tierras sevillanas, allá por las jornadas finales de un mes de septiembre repleto de buenaventura, capituló sin remisión coincidendo con el alumbramiento del capítulo definitivo. Como aconteció en el pasado no hubo indulto para el equipo levantinista tras las dianas de la escuadra verdiblanca.

La suerte también fue esquiva con el grupo granota. La grada cantó el gol del empate apenas unos minutos antes del guantazo definitivo tras una cabalgada desbocada de Sergio León en complicidad con Adán. El destino volvió a ser cruel en sus manifestaciones. La posibilidad de redención se diluyó de cuajo. Muñiz varió el paisaje dispuesto con la aparición de Roger y Sadiku en el eje del ataque. Los pronósticos, alimentados durante las sesiones semanales y el enfrentamiento amistoso ante el UFA de la Premier Rusa, se cumplieron. El Levante partió con dos puntas ante el colectivo de Quique Setién. Parecía una declaración formal de intenciones. En la medular Lerma y Doukouré sumaban músculo y nervio. El reto encomendado a Roger y Sadiku era diáfano; había que tratar de desactivar la salida del balón desde las catacumbas de la defensa.

Los atacantes se emplearon con celo en esa misión. El Betis tiene querencia a arriesgar cuando se pone en marcha. El riesgo forma parte de su catálogo balompédico. Roger robó el cuero y Sadiku tensó su pierna. Adán respondió con celeridad y se agigantó en el rechace inmediato ante Morales. El Comandante buscaba sociedad con Roger. Hay complicidad entre dos jugadores que han compartido emociones en el interior del césped con la elástica azulgrana. Morales extrajo el turbo para darle vértigo al juego. Roger rompió al primer palo. La acción no es novedosa. En realidad, se repitió durante el curso pasado en infinidad de ocasiones. El Pistolero tocó con intención. El cuero rozó el palo largo de la meta de Adán. El primer tiempo murió con una volea de Jason que impactó violentamente en el cuerpo de Francis. No obstante, todo varió diametralmente en la reanudación. El Levante careció de la efectividad que mostró el Betis. El gol de Sergio León marcó el principio del fin.