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Quizás todo quede muy cercano en la memoria. El Levante UD y el RCD Espanyol quedaron emparejados en la ronda de los dieciseisavos de Final de la Copa del Rey en el transcurso del ejercicio 2015-2016. Las imágenes permanecen. El ciclo comenzó en el Ciutat de València una fría noche del 3 de diciembre. Roger emergió desde el banquillo para lanzarse al rescate de la escuadra azulgrana en los minutos finales de la confrontación. Mamadou Sylla había puesto en franquicia el marcador para el bloque que preparaba Sergio, un técnico vinculado a la historia más reciente de la entidad levantinista durante su etapa anterior como futbolista. No hubo ni vencedores, ni vencidos sobre el verde del coliseo azulgrana (1-1). El hecho acentuaba el protagonismo del duelo que, apenas unas semanas más tarde, tendría como escenario el marco del Power8 Stadium, si bien Galca era el inquilino del banquillo de la sociedad catalana en detrimento de Sergio en un indicativo de lo voluble y mudable que puede ser la disciplina del balón redondo. El choque nació eléctrico con un estratosférico gol de Verza en un sobresaliente lanzamiento de falta. Sin embargo, Burgui y Caicedo recondujeron el sentido de la confrontación y el RCD Espanyol asoció su nombre a la ronda de los octavos de Final.

Es una constante si se trata de desentrañar los misterios de las eliminatorias que han reunido a la institución de Orriols y al club perico en territorio copero. El Espanyol se convierte en un rival feroz para las huestes granotas. Y la historia atestigua esta afirmación. Enero de 2001 se estrenó sobre la pradera del Ciutat de València. No es una afirmación gratuita. Los tiempos parecen haber cambiado y de manera radical. En plenas fiestas de Navidad, dos de enero, las dos representaciones quedaron vinculadas sobre el verde. El Espanyol, como rival adscrito a la Primera División, rendía honores al feudo azulgrana. Era una condición cuando se retaban dos clubes distanciados desde un prisma competitivo. Y el Levante de Granero se buscaba la vida en el universo de la categoría de Plata, pero, a priori, no había subordinados y si insurrectos. Aquel partido adquirió notoriedad. La vida en noventa minutos. Todo lo que aconteciera en la eliminatoria tendría como marco el Ciutat. No había partido de vuelta. El Levante presentó batalla y apostó por la sorpresa, pero Solvevilla y Serrano zanjaron cualquier conato de rebelión.

Nada cambió en la década de los años cuarenta. El Espanyol era un equipo distinguido. Y su paso por la Copa del Generalísimo no fue testimonial en el curso 1939-1940. De hecho, se ciñó la corona de laurel tras derrocar al Real Madrid en la Final disputada en el Campo de Vallecas. Antes, en la primera ronda, cercenó las ilusiones del UDLG (Unión Deportiva Levante-Gimnástico). No hubo dudas. La superioridad blanquiazul se materializó en el partido de ida (6-2) y en el encuentro de vuelta en Vallejo (0-4). No obstante, el fútbol suele deparar vendettas. Y no tardó en materializarse. Fue en la temporada 1940-1941. Un Levante en fase creciente desde el capítulo final de la Liga en Segunda División se alió con la victoria. El ciclo de triunfos parecía inacabable. Sabadell, Osasuna, Zaragoza y Granada sintieron la presión del yugo del bloque recién nacido de la fusión del Levante F.C. y del Gimnástico. El UDLG y el Espanyol se encontraron en la antesala de las semifinales. Las dos escuadras alcanzaron la cita reforzados anímicamente y espiritualmente.

Nadie fue capaz de someter a su oponente en condición de local. Los duelos de Sarrià y Vallejo se saldaron con dos igualadas. En un balompié con tendencia a marcadores desmesurados sorprendió que las retaguardias se opusieran a las vanguardias. En el partido que abrió la eliminatoria la fatalidad se apoderó de Soro. El cancerbero se retiró de la portería lesionado. Dolz dio dos pasos atrás para alzar una tapia sobre la meta foránea. Su actuación no pasó desapercibida para Martorell, todo un coloso en la portería españolista. Fue necesario un partido de desempate para solucionar el serial. El Espanyol arrasó (3-0) para alcanzar las semifinales y plantarse de nuevo en la Final, si bien cayó ante el Valencia. No obstante, es posible rastrear una tendencia antitética en el cosmos de la Copa de La República. En la liguilla que enfrentó al Valencia, Levante, Espanyol y Girona, la superioridad levantina fue incuestionable. La naturaleza de ‘leader’ de la escuadra marina quedó reforzada tras la demostración de fuerza y superioridad mostrada en el duelo de Vallejo (4-1). En la última jornada en el extinto Sarrià, con el Levante ya clasificado para la final, el triunfo perdió su valor (2-1).