Alavés
Compartir

Era un partido que cruzaba a dos adversarios que afrontaban la cita vespertina del sábado con la necesidad de reafirmarse sobre el verde del Ciutat de València. En cierto modo se medía la capacidad de supervivencia de las dos escuadras. Quizás la afirmación estaba más justificada al echar una somera mirada al expediente del Alavés. La escuadra vitoriana se presentó en el coliseo del barrio de Orriols con el espíritu algo atribulado. Su mirada parecía perdida para posarse sobre un horizonte que nunca acababa de surgir. En su currículum podían contabilizarse tantas derrotas como partidos se habían disputado en el marco de la competición liguera. Y el calendario profundizaba por la sexta jornada. Nada es eterno en la sexta semana del calendario, pero las derrotas son sinónimo de dudas y de incertidumbres y de la adopción de medidas drásticas. El estreno de De Biasi en el banquillo vasco era el exponente de esta tendencia volcánica en sus manifestaciones. En el otro extremo del campo el Levante trataba de recomponer su imagen con el fin de acompasarla a la representación conceptual evidenciada en confrontaciones anteriores sobre ese mismo escenario. En ese sentido, todavía latido el pálpito del partido ante la Real Sociedad. El duelo para el bloque granota nacía desde el desafío que implicaba convertir en un capítulo anecdótico la derrota cosechada en el Benito Villamarín el pasado lunes en un segundo tiempo para borrar de la memoria. En esa batalla deportiva, pero también de índole mental entre mantenerse en lo más alto del firmamento celestial y tratar de huir desde los sótanos de la clasificación salió indemne un Alavés fiable en la defensa de su retaguardia y letal a la contra. Munir y Medrán castigaron la integridad del marco resguardado por Raúl en cada uno de los tiempos.

Los goles anularon la capacidad de respuesta de la sociedad levantinista. No es una norma, pero en esta ocasión sucedió. El Levante no encontró argumentos de consideración para renegociar el diseño de la confrontación, pese a los intentos y las permutas. Siempre nos quedará Bardhi parecía mascullar la grada superada la primera hora de juego. El mediocentro fijó el balón sobre el césped desprendiendo ternura. Su condición de especialista esperanzó a la masa social. Por entonces la escuadra blaugrana penaba tras la diana alcanzada por Munir en el primer acto. Bardhi surgía como un mesías redentor, pero su disparo se elevó para rozar la escuadra de la portería de Pacheco. En esa fase la zozobra y el desasosiego parecía apoderarse de los jugadores azulgranas. Las imágenes no eran especialmente alentadoras. Fue una constante. El choque germinó desde la desesperanza más absoluta. Quizás como un mal presagio Samu se echó la mano sobre la zona de los isquiotibiales de su pierna izquierda. Su rictus dibujó un gesto de impotencia y de rabia. Apenas se habían sucedido diez minutos y Antonio Luna emergía desde el banquillo para alcanzar una cuota de protagonismo que hasta la fecha el desarrollo de la naciente Liga le había negado. La entrada del futbolista con pasado en el Eibar para acomodarse en el perfil izquierdo del ataque supuso el trasvase de Morales al espacio contrario de la superficie del campo.

En perspectiva, el Levante perdió la efervescencia y el lustre que le caracterizó y le dotó de un espíritu invulnerable en enfrentamientos anteriores. El Levante no suele negociar los partidos. Se lanza al arrebato para anular a su oponente. El hecho no es un asunto de menor relevancia para un grupo con querencia a expresarse desde la intensidad y desde una pasión tan desbordada como contagiosa con efectos perceptibles sobre la grada. No fue el caso. Aquella agitación irreductible que agotó al Villarreal, al Deportivo de La Coruña o a la Real Sociedad pareció quedar en eclipse durante la totalidad del duelo ante el Alavés. Acostumbra el Levante a someter a sus oponentes a golpe de cadera. Acostumbra a atormentar la psique de sus rivales desde la vehemencia y desde la exaltación y acostumbra a masticar los partidos desde una energía inquebrantable, pero esas emociones quedaron oscurecidas por la propuesta defendida por el Alavés. Desprendió el partid tuvo un aroma italianizante que fue en continuado aumento conforme se sucedían los minutos. Todos los indicativos sonreían a los intereses de la entidad de Mendizorroza. El Alavés, en realidad, se sentía vencedor mucho antes de dar el golpe definitivo. Y no hay nada peor en la disciplina que aceptar los roles de vencedor y perdedor.

De Biasi es un consumado maestro en al arte de la estrategia. No es una afirmación gratuita. Lo ha demostrado en infinidad de ocasiones en competiciones de muy distinta índole y consideración. El entrenador convirtió el verde en una emboscada y cerró cualquier grieta que pudiera desembocar en un acercamiento a los dominios de Pacheco. Convertido el verde en un campo de minas, apeló al orden y contragolpe como forma de expresión. El gol de Munir fue una declaración de intenciones y una revelación. Pedraza se perfiló por el costado izquierdo del ataque vasco. Su centro lo remachó Munir. Cuenta el Alavés con futbolistas que tratan de reedificar las cimbras de su carrera futbolística. Munir entronca con esta idea. En Vitoria busca liberarse de experiencias espinosas de tiempos pasados. El atacante de origen marroquí capitalizó la atención desde el inicio. Antes de la diana había probado los reflejos de Raúl y un disparo surgido de sus botas había impactado con el travesaño. En la tercera ocasión no erró tras la acción de Pedraza. Muñiz trató de alterar el guion con la aparición de Nano y Boateng. De Biasi no disimuló y apostó por blindar el equipo con un tercer central. Se sentía excesivamente cómodo el Alavés y trasmitía seguridad en sus decisiones. Entretejió una tupida malla en la medular que le permitió lanzarse al abordaje desde el contragolpe. Medrán rompió definitivamente el duelo en los minutos finales.