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El Levante honró al fútbol en un escenario egregio y repleto de mística y de pasión. No es fácil sobrevivir en el Estadio Santiago Bernabéu, una instalación que suele amenazar con engullir y devorar a cada uno de sus adversarios. La escuadra azulgrana sobrevivió desde la personalidad, desde la dignidad y desde la fidelidad inquebrantable a unas consignas establecidas por Muñiz que parecen hacer fortuna entre sus pupilos. La estela del entrenador es incuestionable. Nadie escatimó esfuerzos. Nadie perdió la fe, ni la esperanza durante noventa minutos que, por momentos, parecieron rozar la eternidad ante la intensidad de los arreones locales. El Levante además ennobleció su historia en una fecha emblemática y repleta de simbolismo, desde una perspectiva personalizada, con una actuación más que convincente. Tampoco parece sencillo cumplir 108 años de vida en los campos de fútbol y darse un opíparo homenaje en uno de los estadios más determinantes y con mayor enjundia del panorama balompédico internacional. Los rostros iluminados de los jugadores azulgranas cuando Hernández Hernández decretó la conclusión de la cita eran la metáfora de los hechos que habían acontecido sobre el interior del verde. Fue el típico encuentro que permite elevar la autoestima de un colectivo que volvió a destilar compromiso y responsabilidad.

El Levante se entregó con pasión para afrontar un desafío de dimensiones mayúsculas. Nadie dio un paso en falso. Ni se dejó llevar por el contexto o el entorno. Desde el arranque de la confrontación el equipo de Orriols comenzó a ofrecer certezas y fue conmovedora su capacidad de resistencia para mantener una igualada titánica, principalmente en la recta definitiva del choque cuando el Madrid redobló esfuerzos, con Sergio Ramos como improvisado delantero, para rasgar la meta defendida por Raúl. La figura del arquero vasco fue gigantesca. El portero resultó capital en el desarrollo del enfrentamiento. Su actuación fue meritoria y trascendente. Sus guantes fueron consistentes e infranqueables. Raúl destiló seguridad en el cómputo general del partido. No se le recuerdan dudas. El fútbol presenta historias de calado. En el viejo Chamartín se cruzaron dos campeones que representan modelos antagónicos y concepciones futbolísticas divergentes.

El Levante rompió las leyes de la física la pasada temporada en el marco de la categoría de Plata. El Real Madrid ganó todo lo que podía ganar y asaltó la Vieja Europa. La distancia, no obstante, parece sideral, en virtud de los universos tan alejados, pero el Levante no aceptó en ningún instante la condición de víctima. Y la opción de conjugar con el triunfo para el grupo de Zidane adquiría trascendencia tras el empate del anterior duelo de la competición liguera frente al Valencia. El Levante se plantó en el Bernabéu con el taxón de un bloque que recuerda al que se paseó por la Segunda División la pasada temporada. El hecho resalta la calidad de sus futbolistas y el innegable valor de un entrenador que muestra una confianza ilimitada en su gente más cercana. El Levante se expresó desde el convencimiento. Es una escuadra aplicada y con una excelente predisposición táctica. Y tiene orgullo y coraje para sostenerse en pie en los momentos de mayor complejidad. Principalmente durante el primer capítulo del juego miró con asiduidad en dirección hacia los dominios de Casilla.

El plan de Muñiz le acredita como entrenador. Nada quedó al azar. Supo resguardarse del caudal futbolístico de su rival sin atrincherarse sobre la meta de Raúl. El Levante se defendió desde el orden y desde la seguridad a una relativa distancia de su guardameta con dos líneas perfectamente ensambladas. Y cuando tuvo ocasión trató de expresarse con el balón. El trabajo del colectivo fue colosal. Es una norma en el Bernabéu tener que realizar un esfuerzo supremo porque el Real Madrid suele mantener el dominio del balón lo que implica un sobresfuerzo físico más que evidente. El partido nació desde la inquietud tras una pérdida de Lerma en la zona de salida. El mediocentro colombiano se recompuso para desactivar la acción ya sobre el área de Raúl. No fue un paradigma. El Levante comenzó a crecer desde ese mismo instante. El gol valida esta afirmación. Ivi aprovechó un saque en profundidad desde la banda para sorprender a Casilla.

Quizás no haya sido su gol más ortodoxo, pero refleja la importancia que puede adquirir en el ecosistema azulgrana. Tiene desparpajo y descaro. El Levante se plantaba con solvencia en las cercanías de la portería madridista. No obstante, el Real Madrid, que quizás echara en falta el juego geométrico de Modric, no necesita demasiados fundamentos para golpear a su contrario. El balón parado es una sugerente invitación cuando en el campo hay tipos como Sergio Ramos. El cuero voló para que el zaguero sevillano cabeceara picado. Raúl rechazó la acción, pero no pudo impedir que Lucas anotara la igualada. El primer capítulo acabó con dos apariciones de Bale que el galés no supo concluir. Zidane buscó más picante en la reanudación con la aportación de Isco. Los locales adquirieron más verticalidad. El Real Madrid fue encerrando a un Levante que se mantuvo erguido desde el tesón y desde su fortaleza mental. Raúl seguía ejerciendo de factor diferencial. La suerte reverenció a la sociedad de Orriols con un disparo envenenado de Kroos que escupió el palo. No hubo tiempo para más. El Levante firmó un puntazo para celebrar su 108 cumpleaños.