pazzini
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Cuando nunca dejas de creer y la esperanza se convierte en tu única guía pueden suceder hechos como los acaecidos durante el relato de la confrontación que cruzó al Levante y al Real Madrid en el Estadio Ciutat de València en el marco de LaLiga Santander. Puede suceder que tus fuerzas no desfallezcan, aunque sientas cómo se va marchitando el último aliento. O puede suceder que no pierdas la razón, pese a que percibas el asedio y el filo cortante del abismo amenazando con devorarte. O puede acontecer que un debutante como Pazzini, un futbolista con una hoja de servicios intachable y repleta de desafíos de una consideración tan extrema como notable, abandone el césped henchido por la emoción después de conducir a la grada del feudo azulgrana hasta alcanzar un nivel astral. O puede suceder, y posiblemente sea la lectura más determinante, ante las connotaciones que adquiere, que no sientas el yugo de la derrota, ni la condición de vasallo, por más que al otro lado de la superficie del campo se sitúe todo un trasantlántico repleto de jugadores siderales. Todas esas variables se convierten en las claves explicativas que conducen a una tregua placentera de consecuencias terapéuticas para la totalidad de los estamentos azulgranas

Hasta en dos ocasiones, durante el recorrido que marcó el desarrollo de la confrontación, navegó a contracorriente un Levante que nunca perdió la gravedad, la calma ni tampoco la sensatez. Fue una demostración de personalidad y de carácter. Y también de entereza y vigor para metabolizar los golpes y buscar soluciones. El colectivo tuvo el temperamento y la fortaleza mental óptima para tratar de reconstruir la situación. Por compleja y enrevesada que surgiera fue inventando remedios para arreglar lo que muchos creían irremediable. Y la suerte parecía esquivar al Levante cuando el cronómetro se adentraba por el minuto ochenta. Benzema pugnó por el balón ante Postigo. El francés alzó la vista y encontró en Isco a un aliado en el interior del área defendida por Oier. El disparo del futbolista andaluz atravesó un bosque de camisetas blaugranas para impactar en el fondo de la red. El castigo era supremo mientras el tiempo se consumía para despedir la cita, pero el Levante no apagó la luz. No se dejó intimidar por la contundencia del impacto sufrido.

 

El Levante afrontó el período final del enfrentamiento con la fiereza de un volcán en plena erupción. Lejos de amilanarse se dejó llevar por el vértigo. Roger no rastreó la ruta del gol en un cabezazo diáfano. Todo cambió cuando Pazzini encaró a Kelor tras tomarle la medida a Carvajal. El atacante transalpino dejó la impregnación del gol tras acariciar el cuero sobre el palo largo del arco defendido por el arquero de Costa Rica. En ocasiones, parece una quimera desenmascarar los partidos para interpretarlos. Algo similar sucedió en el Ciutat en el primer acto. El Real Madrid determinó el rumbo del duelo con una diana de Sergio Ramos. Bezema incordió lo justo para desorientar a Oier en el camino hacia las mallas granotas. La escuadra de Zidane manejaba el duelo con relativa solvencia en ese tramo del envite. Quizás le faltara voracidad en los metros finales, pero era académico y aseado con el esférico. Sus movimientos tenían como epicentro la portería defendida por el cancerbero vasco, principalmente por el costado de Marcelo. La acción se sucedía en las inmediaciones del perímetro defensivo local.

 

No había excesivas noticias del Levante por la geografía contraria del verde hasta que Ivi trató de emular los sucesos de Riazor con un disparo envenenado. Nadie lo sabía en ese instante, pero el Levante comenzaba a mutar. Lukic demostró que el fútbol puede ser un exquisito juego de geometría después de filtrar un maravilloso pase que planteó un cara a cara entre Morales y Keylor. El guardameta resolvió el duelo, pero el balón salió despedido hacia la frontal del área. No tenía un dueño fijó y aparecieron las botas de Boateng para lustrarlo. Rger y Pazzini calentaban en la banda mientras el atacante africano festejaba su primer gol en el campeonato de la regularidad. La diana cambió el orden de las cosas. El Levante recuperó la fe y se rearmó anímicamente. La segunda parte proponía una batalla claramente distanciada. El Levante aceptó el vértigo. Era un equipo de corazón alborotador. Morales capitalizó la atención por el carril derecho. El Comandante comenzó a dibujar contras imposibles de inmovilizar. Keylor neutralizó un remate de Lerma. El bloque azulgrana se alistó a la guerra. El Levante se sentía vivo. No había limitaciones, ni impedimentos que no fueran infranqueables. Sucedió tras la diana de Isco. Al grupo que conduce Muñiz le quedó lucidez para acometer un empate que sabe a gloria bendita.